Los therians no nacieron en TikTok: origen digital y transformación en la era del algoritmo
🧭Introducción: del mito viral a la historia documentada
En medio del ruido digital, muchas veces damos por hecho que lo que vemos por primera vez en redes sociales acaba de nacer. Sin embargo, cuando se analiza con calma el fenómeno therian, la historia es bastante más compleja de lo que aparenta en un vídeo de treinta segundos.
El origen digital de la identidad therian
Aunque hoy muchas personas asocian el término therian con una tendencia viral de TikTok, su origen no es reciente ni improvisado. El concepto moderno de identidad therian surgió en internet en la década de 1990, cuando grupos de personas comenzaron a encontrarse en foros primitivos y listas de correo —como los grupos de noticias Usenet y espacios como alt.horror.werewolves— para compartir experiencias relacionadas con la sensación de identidad animal interna.
Aquellos espacios digitales tempranos permitieron que personas con vivencias similares se reconocieran entre sí y construyeran una comunidad. No se trataba de espectáculo ni de estética viral, sino de conversación, reflexión y búsqueda de comprensión compartida.
Con el tiempo, esos encuentros dieron lugar a comunidades más estructuradas, como Therian Guide y otros foros dedicados al fenómeno. En paralelo, comenzaron a aparecer estudios académicos sobre subculturas otherkin y therianthropy desde principios de los años 2000. Investigaciones en sociología y estudios religiosos analizaron cómo estas identidades se construían y narraban dentro de comunidades online, y cómo internet había permitido que experiencias individuales dispersas se convirtieran en un colectivo reconocible.
Es importante subrayarlo: el movimiento moderno nace en internet, sí, pero en un internet muy distinto al actual.
De comunidad online a fenómeno visible
Decir que los therians nacieron en redes sociales contemporáneas es, por tanto, incorrecto. Lo que ha cambiado no es la existencia del movimiento, sino su exposición.
En los años noventa predominaban textos largos, debates pausados y reflexiones internas. No existía la presión de la viralidad ni la necesidad de condensar una experiencia compleja en pocos segundos. Las redes sociales actuales han amplificado el fenómeno, es decir, lo han hecho visible a millones de personas que antes jamás habrían oído hablar de él.
Pero amplificar no es lo mismo que profundizar. Al mismo tiempo que las redes hacen masivo un fenómeno, también lo simplifican. El algoritmo prioriza lo visual, lo impactante y lo que genera reacción inmediata. Una máscara, un salto a cuatro patas o un vídeo breve captan atención en segundos. En cambio, las explicaciones extensas sobre identificación simbólica, espiritualidad o construcción de identidad no tienen el mismo recorrido viral.
Así, el público termina asociando el movimiento casi exclusivamente a su dimensión estética, dejando en segundo plano sus matices internos.
Cuando una identidad se convierte en contenido
Aquí aparece la idea clave: cuando una identidad se convierte en contenido, inevitablemente cambia su forma ante el público.
Esto no significa que antes fuera “auténtica” y ahora sea “falsa”. Significa que el contexto modifica cómo se presenta y cómo se percibe. Una identidad que antes circulaba en espacios íntimos se transforma al entrar en un ecosistema donde compite por atención, se mide en visualizaciones y puede ser grabada, comentada o ridiculizada en cuestión de horas.
La experiencia interna puede mantenerse intacta para quien la vive, pero su representación pública se adapta al medio en el que se expone.
Y ese es el verdadero corazón del debate. No se trata de decidir si el movimiento es legítimo o no, sino de comprender cómo la cultura digital altera nuestra percepción de cualquier identidad contemporánea.
Cuando algo pasa del ámbito comunitario al escaparate global, gana visibilidad, pero también pierde complejidad. Se vuelve más accesible, más expuesto y más susceptible de caricaturización. Las redes no inventan identidades, pero sí moldean la narrativa dominante sobre ellas.
Y muchas veces lo que el público cree que es “la realidad” no es la totalidad del fenómeno, sino la versión que mejor funciona dentro de la lógica digital.
Más allá del algoritmo
Quizá la cuestión no sea preguntarse si el fenómeno es nuevo, sino entender cómo el entorno digital redefine aquello que hace visible. La identidad therian no nació en TikTok, pero sí ha sido transformada por la lógica de las redes. Y comprender esa transformación es clave para analizar el debate con perspectiva y sin simplificaciones.

