El precio invisible de las redes sociales: cuando los likes empiezan a controlar nuestra vida
Parece un gesto insignificante. Sin embargo, los efectos de los likes en las redes sociales tienen mucha más trascendencia de lo que puede sugerir un simple corazón en una pantalla. Publicas una fotografía. Dejas el teléfono sobre la mesa y continúas con lo que estabas haciendo. Cinco minutos después vuelves a cogerlo. 27 likes.
Lo dejas otra vez. Poco después miras de nuevo. Ahora son 41. Y aparecen esas ganas de comprobar quién ha reaccionado a tu publicación. Si ese contenido compartido recibe menos atención que el anterior, menos likes, puede que te hagas una pregunta incómoda: ¿por qué esta vez ha gustado menos?
La investigación científica ha relacionado esta forma de aprobación digital con mecanismos de recompensa, aprendizaje y comparación social. Pero eso no significa que las redes sean necesariamente perjudiciales ni que recibir un “me gusta” nos convierta automáticamente en adictos.
La cuestión es bastante más compleja.
¿Qué ocurre cuando empezamos a modificar nuestro comportamiento en función de la aprobación que recibimos?
¿Por qué nos importa tanto recibir un like?
Mucho antes de que existieran Instagram, TikTok, Facebook o YouTube, ya nos importaba lo que otras personas pensaban de nosotros.
La aprobación social no nació con internet.
Una felicitación, una mirada de aceptación o sentirnos integrados dentro de un grupo también pueden resultar gratificantes. Las redes sociales hicieron algo diferente: convirtieron parte de esa aprobación en cifras que nos dominan. No es simplemente saber que una fotografía gustó. La informasion que recibimos nos detalla si recibió 18, 300 o 10.000 “me gusta”.
Y podemos compararlo. Con nuestra publicación anterior. Con nuestros amigos. Con compañeros de trabajo. Con desconocidos. O con personas que tienen millones de seguidores.
El like como una pequeña recompensa social
Una revisión científica en PubMed sobre likes y actividad cerebral publicada en 2025 analizó 11 investigaciones, con un total de 504 participantes, que estudiaron mediante técnicas como resonancia magnética funcional y electroencefalografía la respuesta cerebral al feedback social online. Los investigadores encontraron que recibir feedback positivo, incluidos los likes, estaba relacionado con la actividad de diferentes regiones cerebrales implicadas en el procesamiento de recompensas.
Esto no significa que “cada like sea una dosis de dopamina”, una explicación excesivamente simplificada que circula con frecuencia por internet. El cerebro humano es bastante más complejo. Pero sí existen evidencias de que la aprobación recibida en las redes puede funcionar como una forma de recompensa social.

Los efectos de los likes en las redes sociales pueden modificar lo que hacemos
Aquí aparece una de las investigaciones más interesantes.
Un estudio publicado en Nature Communications analizó 1.046.857 publicaciones correspondientes a 4.168 usuarios de diferentes plataformas sociales.
Los investigadores utilizaron modelos relacionados con la teoría del aprendizaje por refuerzo y encontraron que el comportamiento observado era compatible con mecanismos de aprendizaje mediante recompensas.
Dicho de una manera mucho más sencilla:
Prestamos atención a lo que funciona.
Imaginemos que publicamos una fotografía determinada y consigue una respuesta extraordinaria. Después publicamos otra similar y vuelve a funcionar.
Nuestro cerebro puede aprender algo bastante lógico:
Esto gusta.
Y probablemente no necesitemos pensar conscientemente: “Voy a repetirlo porque quiero más likes”.
Simplemente aprendemos de las consecuencias de nuestras acciones, algo que los seres humanos hacemos continuamente fuera de internet.
La diferencia es que las redes pueden ofrecernos esa información de manera inmediata y cuantificada.
Y entonces me surge una pregunta que considero muy interesante:
¿Publicamos únicamente lo que queremos mostrar o también aprendemos poco a poco qué versión de nosotros recibe mayor aprobación?
Cuando comenzamos a compararnos
Hay otro cuestión fundamental para entender nuestra relación con las redes: la comparación social.
Compararnos tampoco es un invento de internet.
Siempre hemos observado a otras personas para valorar nuestra posición, nuestros logros, nuestro aspecto o incluso nuestras decisiones.
Sin embargo, las redes han creado un escaparate gigantesco que podemos llevar permanentemente en el bolsillo.
Y existe una dificultad añadida.
Normalmente conocemos todos los detalles de nuestra propia vida: los días buenos y malos, las inseguridades, las facturas, los problemas familiares, el cansancio y las fotografías que nunca publicaríamos.
De otras personas vemos principalmente lo que han decidido enseñarnos.
Podemos terminar comparando nuestra vida completa con una selección cuidadosamente escogida de la vida ajena.
Una revisión sistemática y metaanálisis que reunió 83 estudios y 55.440 participantes encontró una asociación significativa entre una mayor tendencia a la comparación social online y mayores preocupaciones relacionadas con la imagen corporal.
Pero conviene detenerse en una palabra: asociación. En investigación, encontrar una asociación significa que dos fenómenos aparecen relacionados estadísticamente, pero no demuestra que uno sea la causa directa del otro.
En este caso, los estudios observan una relación entre una mayor comparación social en internet y una mayor preocupación por la imagen corporal. Sin embargo, esto no significa que podamos afirmar que utilizar Instagram provoque por sí solo problemas de autoestima o de imagen corporal. Pueden intervenir muchos otros factores, como la edad, la personalidad, el tipo de contenido que consumimos o nuestras circunstancias personales.
Aprender a observarnos sin utilizar constantemente a los demás como medida también forma parte del autoconocimiento. En La Mirilla hemos reunido varios ejercicios prácticos para conocerte mejor y entender tus propias emociones.
¿Las redes sociales están diseñadas para que volvamos?
Abres una aplicación para responder a un mensaje y, veinte minutos después, continúas allí. Probablemente te haya ocurrido alguna vez. Las plataformas digitales compiten por algo extremadamente valioso: nuestra atención.
Notificaciones, recomendaciones personalizadas, vídeos consecutivos y desplazamiento continuo facilitan que permanezcamos conectados. A diferencia de una película, un programa de televisión o un periódico, en muchas plataformas el contenido puede no terminar nunca.
Cuanto más tiempo permanecemos en ellas, más oportunidades existen para mostrarnos contenido, publicidad y nuevas interacciones. Por eso, atribuirlo únicamente a la “falta de voluntad” del usuario sería demasiado simple: nuestro comportamiento y el diseño de las plataformas interactúan constantemente.
Cuando los números empiezan a convertirse en autoestima
Hay una gran diferencia entre disfrutar de que una publicación haya gustado y necesitar que guste para sentirnos bien. Publicamos algo que nos encanta, recibe poca respuesta y, de repente, ya no nos parece tan bueno. Incluso podemos acabar borrándolo.
Nada ha cambiado en la fotografía, el vídeo o el texto. Solo cambió el número situado debajo.
Esto no significa que consultar nuestras estadísticas sea un problema. La cuestión está en la importancia que les damos y en cómo llegan a influir en nuestro estado de ánimo.
Un metaanálisis publicado en 2024, que reunió 51 estudios y 680.506 participantes, encontró que el uso excesivo de redes sociales, por sí solo, no mostró una asociación significativa con el bienestar subjetivo o psicológico. Sin embargo, el uso problemático sí mostró una asociación negativa con ambos tipos de bienestar.
Por eso, quizá no deberíamos preguntarnos solamente cuántas horas utilizamos las redes sociales, sino algo todavía más importante: ¿cómo las utilizamos y cómo nos hacen sentir?
Esta necesidad de aprobación también está relacionada con la forma en que nos valoramos. Si quieres profundizar en ello, puedes leer nuestro artículo sobre la importancia de la autoestima y el bienestar emocional.

Creadores de contenido: cuando un like también puede significar dinero
Para un usuario corriente, 1.000 likes pueden representar reconocimiento. Para un creador de contenido pueden significar mucho más: alcance, visibilidad, nuevos seguidores, contratos, publicidad e incluso ingresos. Las métricas dejan entonces de ser simples números para convertirse también en una herramienta de trabajo.
Este artículo nació precisamente después de escuchar una conversación de Roca Project con Luisito Comunica, publicada en septiembre de 2026. Durante la entrevista hablan de fama, audiencia y creación de contenido, pero también de la complicada relación que puede surgir con las estadísticas después de muchos años trabajando en internet.
El caso pone sobre la mesa una realidad que a veces olvidamos cuando vemos a alguien con millones de seguidores: tener éxito no necesariamente elimina la presión de mantenerlo.
Para un creador resulta difícil ignorar por completo las métricas. Indican qué contenido interesa, qué funciona y dónde está su audiencia. El problema puede aparecer cuando deja de estar claro dónde termina esa herramienta profesional y dónde comienza la valoración personal.
Entonces, una publicación ya no simplemente “ha funcionado mal”. Sientes que has sido tú quien ha fallado. Y ahí un número aparentemente inocente puede empezar a pesar mucho más de lo que parece.
Entonces, ¿las redes sociales son malas?
No. O, al menos, la evidencia disponible no permite responder a una cuestión tan compleja con un simple sí. La Asociación Americana de Psicología recuerda que el uso de las redes sociales no es inherentemente beneficioso ni perjudicial.
Estas plataformas pueden facilitar la socialización, mantener relaciones a distancia, crear comunidades y divulgar conocimiento. También ofrecen oportunidades a pequeños negocios, artistas, asociaciones o personas con intereses muy específicos para encontrar una audiencia o una comunidad que quizá no exista en su entorno cercano.
Por tanto, el problema no está necesariamente en tener Instagram, TikTok, Facebook o YouTube en nuestro teléfono, sino en algo mucho más personal: la relación que desarrollamos con esas herramientas.
¿Controlamos nosotros los likes o empiezan ellos a controlarnos?
Quizá podamos descubrirlo haciéndonos algunas preguntas. ¿Publicamos porque realmente queremos compartir algo o porque esperamos una determinada reacción? ¿Borramos fotografías porque han recibido pocos likes? ¿Consultamos repetidamente las estadísticas después de publicar? ¿Un contenido con poco alcance puede estropearnos el día?
También podemos preguntarnos si hemos dejado de compartir determinadas cosas porque sabemos que “no funcionan” o si nos comparamos constantemente con personas que parecen tener más éxito, mejor cuerpo, mejores vacaciones o una vida más interesante.
Ninguna de estas preguntas, por sí sola, permite diagnosticar un problema. Pero juntas pueden ayudarnos a observar qué relación estamos desarrollando con las redes sociales. Al fin y al cabo, somos seres sociales: nos gusta gustar, sentirnos aceptados y saber que pertenecemos a un grupo. Y no hay nada necesariamente malo en disfrutar cuando una fotografía recibe muchos corazones.
Quizá el verdadero límite aparezca cuando dejamos de pensar “a la gente le ha gustado lo que he publicado” y empezamos, casi sin darnos cuenta, a interpretar algo muy diferente: “si gusto más, valgo más”.
Y entonces volvemos al principio. Publicamos una fotografía, dejamos el teléfono sobre la mesa y, cinco minutos después, llegan las primeras notificaciones. La diferencia quizá no esté en recibir 20 likes o 20.000, sino en si somos capaces de continuar tranquilamente con nuestra vida…
o necesitamos volver a mirar la pantalla para comprobar cuánto valemos hoy.
Entender por qué buscamos determinadas respuestas de los demás también puede ayudarnos a cambiar algunos hábitos. Puedes ampliar esta idea en nuestra guía práctica de desarrollo personal.

